Anatomía de un malestar

España es uno de los países del mundo donde se consume una mayor cantidad de ansiolíticos y antidepresivos. Según un informe de la OCDE (OECD y European Observatory on Health Systems and Policies 2023), se calcula que en 2030 el principal problema de salud será el de la salud mental. Se ha llegado a llamar la salud mental “la pandemia después de la pandemia”, donde el malestar psicológico o el sufrimiento va en aumento. La tasa de suicidio es de 8,5 por cada 100.000 habitantes («Informe anual 2024- Línea 024», s. f.). Es la segunda causa de muerte externa y la tercera entre las mujeres.

Pero ¿cuál es o cuáles son las causas de este crecimiento del malestar y de la demanda de psicofármacos y asistencia psicológica? A pesar de que hay bastante consenso en que la salud mental se está convirtiendo en el principal problema de la salud pública, la manera de abordar soluciones no parece demasiado clara, posiblemente porque la causa de estos malestares es diversa y multifactorial.

El objetivo de este artículo es hacer un breve análisis de algunas de las causas del aumento del malestar, a través de diversos puntos de vista que considero relevantes a la hora de hablar de ello. Una vez realizado este primer sobrevuelo sobre las causas, defender qué puede aportar la filosofía desde un punto de vista terapéutico frente a este malestar creciente.

Para empezar, creo que es conveniente poner sobre la mesa algunos datos de salud:

En la actualidad, una de cada seis personas tiene problemas de salud mental, y respecto al total de la Unión Europea nos encontramos en la sexta posición por trastornos de ansiedad y depresión. España tiene la mejor esperanza de vida de la UE. Esto se debe principalmente a una dieta sana, hábitos bastante saludables y un sistema sanitario que, aunque está en retroceso, sigue siendo sólido y universal (Herranz Rodríguez 2024). Pero aunque vivimos más años que el resto de países europeos, lo hacemos en peores condiciones. Ahora vivimos más años, pero también lo hacemos en peores condiciones de salud mental.

Entre 2010 y 2021 el consumo de alcohol ha aumentado y, en cuanto al consumo de tabaco, puede observarse que existe una diferencia según el nivel de estudios. El 21% de la población con el nivel más bajo de estudios es fumadora, mientras que entre quienes tienen más estudios es un 16%. En cuanto a la obesidad, la diferencia es aún mayor. Entre los niveles académicos más bajos, la incidencia de la obesidad es del 20% de la población, frente a solo un 10% entre la población con más estudios (OECD y European Observatory on Health Systems and Policies 2023, 8).

Entre los encuestados, se encontró una proporción más alta de riesgo de depresión entre quienes informaron de dificultades financieras (64%). Mientras que entre quienes no informaron tener dificultades financieras, se detectaba un riesgo inferior de padecer depresión (38%).

El mismo informe cita un estudio de 2019 donde se indica que el 6% de la población decía tener depresión, pero este porcentaje aumentaba considerablemente hasta un 9,5% entre las mujeres con menos ingresos. En cambio, solo un 4,5% de las mujeres con más ingresos decía padecer depresión. Prácticamente la mitad.

Estos datos nos iluminan sobre una de las posibles causas del aumento del malestar en nuestras sociedades, donde un factor de riesgo a la hora de sufrir malestar es tener un poder adquisitivo bajo y una educación inferior, dos hechos que suelen ir de la mano.

Así pues, una vez vistas algunas cifras, veamos qué dice la salud pública sobre este creciente malestar.

Enfoque desde el ámbito de la salud pública

La medicina nos ofrece, en primer lugar, una comprensión clara de cómo el malestar repercute en la salud de las personas. A menudo, este fenómeno se identifica con el concepto de estrés psicosocial, que sirve para describir la manera en que los factores sociales y emocionales pueden incidir en el bienestar físico y mental.

La respuesta al estrés psicosocial provoca cambios fisiológicos y conductuales que afectan al sistema nervioso central (SNC) y a los sistemas endocrino, cardiovascular, inmunitario y gastrointestinal. Los principales factores asociados al estrés psicosocial son el estado socioeconómico, el estrés relacionado con la etnicidad, el estrés laboral, los estados emocionales y las relaciones sociales (Foguet-Boreu y Ayerbe García-Morzon, 2021). A largo plazo, esta respuesta puede convertirse en origen de enfermedades crónicas que repercutan en la calidad y la esperanza de vida. También es relevante el momento vital en el que se padece, ya que puede condicionar, a largo plazo, cambios en la conducta e incluso favorecer el desarrollo de determinadas formas de cáncer.

Se prevé que el estrés psicosocial continúe aumentando en el mundo moderno debido a la velocidad con la que se producen los cambios sociales, culturales y tecnológicos, a menudo acompañados de sentimientos de frustración, inseguridad y soledad.

Con la creciente medicalización de la vida, muchos de estos factores —que no son propiamente patológicos— acaban siendo tratados como trastornos de ansiedad o de depresión.

En la atención primaria, que constituye la primera “línea de defensa” del sistema sanitario y el nivel más cercano a la ciudadanía, se observa que a menudo se recetan ansiolíticos en situaciones en que, en realidad, no sería necesario hacerlo:

Con frecuencia, la solución adopta la forma de ansiolítico; sin embargo, en muchos casos no sería necesaria la atención de un profesional sanitario, sino de otro tipo de acompañamiento y, mucho menos, la prescripción de un fármaco. (Herranz Rodríguez 2024, 2)

Herranz Rodríguez añade también:

Necesitamos más recetas de afecto, vínculos y escucha; de activos de salud, de recursos comunitarios que trabajan por el bienestar y la construcción de redes sociales. Los problemas sociales estructurales requieren una respuesta colectiva y gubernamental que priorice las políticas sociales y la educación emocional en las escuelas, en los barrios, en los pueblos y ciudades; que fomente lugares donde las relaciones sociales son abundantes, con organizaciones y espacios que potencien el vínculo. (Herranz Rodríguez 2024, 2)

Y propone diferentes enfoques:

i) integrar de manera adecuada intervenciones más efectivas para aliviar el malestar emocional con un análisis crítico de los factores sociales y relacionales que contribuyen a su existencia, ii) asignar mayor importancia a la prevención, teniendo como principal objetivo la emancipación de las personas y la promoción de las redes comunitarias y así iii) fomentar el cambio de paradigma, pasando del modelo biomédico al modelo salutogénico de recuperación y empoderamiento.

Así pues, este primer planteamiento desde el ámbito de la medicina, o más bien desde la salud pública, nos permite identificar lo siguiente:

— Que la “pandemia de la salud mental” es real, que no se trata de una percepción subjetiva, sino de un problema de salud pública.

— Que el problema se está abordando de manera incorrecta, convirtiendo en patológico el malestar y tratándolo con psicofármacos en lugar de con acompañamiento profesional o prevención.

— Que las causas del empeoramiento del malestar son multifactoriales, pero, igual que ocurre con otros factores de riesgo como el sobrepeso, el alcoholismo o el tabaquismo, las dificultades financieras constituyen un elemento diferencial a la hora de desarrollar los problemas mentales más comunes, como la ansiedad o la depresión.

Enfoque desde el ámbito del psicoanálisis

La disciplina del psicoanálisis es plural y comprende diversas escuelas o corrientes. Entre ellas, la que resulta más relevante para el objeto de este artículo es la denominada izquierda lacaniana, ya que pone el acento en la dimensión social del sujeto y ofrece una mirada más amplia sobre el malestar contemporáneo. Alicia Valdés es una de sus representantes más destacadas, especialmente por su atención a la relación entre psicoanálisis y sociedad. Por ello, puede resultar especialmente pertinente analizar el malestar de nuestras sociedades desde su perspectiva.

Una de las tesis de Alicia Valdés es que el malestar tiene su origen en la identidad y el “yo”. Según Valdés (Valdés 2024, 42), la “Realidad” nos exige etiquetarnos identitariamente. Y, bajo las condiciones capitalistas, en las que la comunidad queda cada vez más diluida, aferrarse a una identidad sólida del yo es de las pocas cosas que nos quedan frente a un mundo constantemente cambiante:

“Un clavo ardiendo que puede herir al otro y al que nos aferramos porque pensamos que, sabiendo quiénes somos, entenderemos mejor lo que nos rodea. Aunque nos suponga un cambio forzado y doloroso sobre nosotras mismas. En otras palabras, se nos permite crear nuestra propia identidad y elegir cosas que nos generen malestar o no nos hagan felices, pero que estén bien valoradas socialmente.” (ídem)

Este sistema de identidades, por una parte, nos da cierto consuelo —“odio mi trabajo, pero puedo comprarme estos zapatos que tanto me gustan” (ídem)— pero, por otra, también contribuye a crear todo un sistema de opresiones basadas en la identidad que no solo nos generan malestar a nosotros mismos, sino también al resto (Valdés 2024, 43). Alicia Valdés pone un ejemplo que nos puede servir para visualizar esto:

[…] una mujer se presente como maestra lleva implícitas determinadas cualidades, como que le gustan los niños, que tiene paciencia y otra serie de anotaciones positivas. En cambio, si dice que es madre y ama de casa, puede ser objeto de prejuicios en torno a la pereza o al no querer trabajar (pues se ha establecido que los cuidados no son un trabajo y mucho menos uno remunerado). En ambos casos nos hallamos ante una persona que se encarga de la educación y del cuidado de infantes; sin embargo, la crianza y el trabajo del hogar no se aprecia como tal en el caso de las madres, dado que no pertenece a lo que se denomina «sector productivo», por lo que las características que se vinculan a las personas en estos dos casos son de naturaleza diferente. (Valdés 2024, 59)

De este modo, mientras la identidad de “maestra” otorga ciertas cualidades positivas a la persona que la ostenta, a la vez contribuye a declarar como negativa a la de ama de casa.

Ciertamente, el entorno nos exige una cierta estabilidad de la identidad y, por ejemplo, cuando esta consistencia no existe, se etiqueta como problemática. Una persona que cambia constantemente de trabajo, de estudios, de intereses, de estados de ánimo, de pareja, de orientación política, etc., siempre es leída como problemática, inmadura e incluso patologizada.

Además, el psicoanálisis lacaniano nos dice que hablar de identidades es engañoso:

“En realidad, esa identidad estable no existe; en su lugar hay una serie de procesos de identificación, cuyo objetivo (fallido) es alcanzar esa supuesta estabilidad identitaria. Desde esta perspectiva, la noción de la identidad es desplazada y sustituida por la de los procesos de identificación. Este movimiento se evidencia en la lógica del marketing presente en los anuncios y las campañas publicitarias. En un anuncio de un conocido desodorante se asegura que, al impregnarnos de su olor, seremos un imán para las mujeres. La identidad que se vende en este caso es la del hombre hetero con mucho éxito sexual entre el género opuesto.” (Valdés 2024, 45)

Precisamente —como también explica Valdés— lo que permite que nos identifiquemos con los productos del marketing o con los modos de vida de otras personas cuando hacemos scroll en Instagram es que la identidad no existe. Como este proceso de identificación siempre falla, esto nos conduce a saltar constantemente de un proceso de identificación a otro (ídem).

“Introducir los procesos fallidos de identificación en nuestra teoría sobre la identidad deja al descubierto una de las fuentes de malestar: la constante derrota de esos procesos produce lo que se denomina el «sujeto de la falta».” (Valdés 2024, 45)

Y continúa:

[…] la no aceptación de esta falta es una fuente de malestar. Pero la aceptación también es difícil y dolorosa, porque los seres humanos nos enfrentamos a una realidad política que nos exige una identidad estable y completa. (Valdés 2024, 46)

De hecho, la creencia que afirma que somos simplemente un Yo genera muchos problemas en el sujeto. (Valdés 2024, 64)

A esto hay que añadir algo más: no solo se nos exige formar parte de un sistema de identidades y tener una definida, sino que además esta identidad no viene dada o impuesta. Este es un rasgo característico de nuestro tiempo. Mientras que en otras épocas la identidad venía impuesta por la familia y la comunidad, bajo la modernidad esta identidad debe ser forjada por uno mismo y es responsabilidad de cada cual. Esto, que en un principio puede parecer un ejercicio de libertad, no lo es tanto. Porque la identidad no puede ser cualquier identidad.

Así, como mujeres antes teníamos que conformarnos con ser buenas esposas y madres, ahora podemos ser nosotras mismas mediante la construcción de nuestra identidad al margen de esas imposiciones. Pero las características que elijamos deben tener buena valoración social.

[…] la posibilidad de construirnos está condicionada a una norma y vinculada a una identidad exitosa fruto del esfuerzo, la responsabilidad, la voluntad y las ganas de la persona individual. Dicho de otro modo, la mismidad es el fruto de un trabajo que se debe desear y el sujeto es el único encargado de lograrlo. El éxito o el fracaso está en nuestras manos.
(Valdés 2024, 65)

Ante esto, Valdés rechaza que ciertos malestares deban ser tratados como individuales y patologizados como enfermedades; en cambio, señala su origen en lo social:

“Este posicionamiento teórico busca acabar con la patologización de los sentimientos negativos para encontrar su origen social y político […]” (Valdés 2024, 66)

Y aquí coincide en parte con el diagnóstico del apartado anterior, al menos en cuanto al uso indiscriminado de fármacos para hacer frente al malestar y la patologización, ya que:

“El diagnóstico patologizante de un trastorno individualiza y farmacoliza el malestar […] la solución no pasa por la erradicación de las emociones mediante ingesta de fármacos o una terapia que pretenda eliminarlos sin preguntarse el origen, sino que observa el malestar como un síntoma social.” (ídem)

Como veremos en la segunda parte de este artículo, la práctica filosófica también comparte en parte la necesidad de contextualizar los malestares y de ser críticos respecto a los diagnósticos.

Así pues, creo que de este apartado podemos extraer las siguientes conclusiones:

— El malestar tiene un origen identitario y social, no meramente individual.
Según la lectura lacaniana de Alicia Valdés, el malestar contemporáneo surge de nuestra relación con la identidad: la sociedad nos exige “ser alguien”, definirnos y sostener una imagen estable del yo, pero esta estabilidad es una ficción. La realidad social capitalista nos empuja a una sucesión constante de procesos de identificación que nunca llegan a satisfacernos. De aquí nace el “sujeto de la falta”.

— La identidad es un proceso fallido y el intento de fijarla genera sufrimiento.
El malestar no proviene de no tener identidad, sino de no aceptar su inestabilidad.

— El capitalismo explota la lógica del deseo y de la falta.
El marketing, las redes sociales y la cultura del consumo alimentan identificaciones que nunca colman.

— El discurso dominante desplaza la culpa hacia el individuo.
Aunque las causas sean sociales, la responsabilidad se individualiza.

— El malestar no debe patologizarse, sino contextualizarse.

Enfoque desde el ámbito de las ciencias políticas

Una vez analizadas las causas del malestar desde la salud pública y el psicoanálisis, creo que es pertinente continuar con las ciencias políticas. Al fin y al cabo, ambos apartados han hecho referencia a la cuestión sociopolítica al hablar del malestar. Para ello, podríamos elegir múltiples autores y autoras, pero he escogido una autora poco convencional, como Natalia Millán. Creo que su perspectiva de la política, ligada a una sensibilidad muy cercana a una filosofía práctica, nos ayudará a tener una visión más próxima del malestar.

La principal hipótesis de Millán es que existe un sistema de poder que constantemente legitima y reproduce una sociedad de la desigualdad y la opresión (Millán Acevedo 2023, 19). A la vez coincide con Alicia Valdés del siguiente modo:

El universo capitalista, competitivo y acelerado, que parece administrar nuestras relaciones, deseos y representaciones, trasciende las esferas materiales y políticas para crear un imaginario comunitario de éxito, pertenencia y notoriedad. Este imaginario se incrusta en los cuerpos, los inconscientes y la intimidad de las personas generando una concepción mercantilista y artificial de lo que es la identidad del sujeto moderno. (ídem)

Así pues, creo que es importante tener presentes las identidades y sus construcciones dentro del sistema político-económico.

Este sistema también condiciona cómo nos relacionamos las personas entre nosotros, de modo que se crea un clima competitivo en el que las personas no tenemos un lugar asegurado en la comunidad humana, sino que debemos competir con los demás para obtener un lugar seguro, y como dice Millán, esa posición segura dentro de la comunidad es tener una posición dominante tanto en lo económico como en lo social (Millán Acevedo 2023, 30).

Este clima de competición, donde nada asegura tener un lugar dentro de la comunidad humana, podría tener como una de sus consecuencias la soledad. Un problema que crece al mismo tiempo que el malestar, y posiblemente una de sus causas:

[…] el 20% de la sociedad española sufre soledad no deseada en el presente y el 70% la ha sufrido en el presente o en algún momento de su vida. […] los datos muestran que la soledad no sólo está relacionada con una falta de compañía subjetiva, sino que además está a menudo relacionada con otras formas de vulnerabilidad, como los problemas de salud física o mental, nivel económico, orientación sexual o situación de desempleo. Esto hace que muchas personas se enfrenten a estos problemas de gran envergadura sintiéndose además solas.
(Observatorio Estatal de la soledad no deseada 2024, 15)

Por otra parte, Millán sostiene que la construcción de la identidad individual en competición con los iguales —identidad en la que quedan negadas esferas como las amorosas, emocionales, espirituales, relacionales, corporales, etc.— provoca procesos de desarraigo y desolación. Y esto, junto con programas económicos orientados a la austeridad y a la retirada del Estado, ha generado un deterioro de las condiciones de vida de las personas. El conjunto de estos fenómenos da como resultado que una parte importante de la población experimente emociones como miedo, inseguridad y a la vez desafecto político (Millán Acevedo 2023, 90-91).

Es decir, este clima de malestar que se genera es el terreno perfecto para aquellos movimientos políticos que basan su actuación en discursos de odio y desigualdad hacia los grupos más vulnerables de la sociedad y en el crecimiento de discursos antidemocráticos.

Conclusiones desde el ámbito político

— El malestar es político, no solo psicológico o sanitario.
Las ciencias políticas muestran que buena parte del malestar contemporáneo tiene un origen estructural. Es el resultado de un sistema de poder que produce y legitima desigualdad. Por tanto, es una “máquina” generadora de malestar.

— Vivimos en una sociedad que convierte la competición en norma.
Como señala Natalia Millán, el modelo capitalista actual, bajo la apariencia de libertad y progreso, reproduce formas de exclusión y opresión. La competición constante es el motor de la vida social y el criterio para valorar a las personas.

— El sistema capitalista penetra en el ámbito simbólico e íntimo.
No es solo una estructura económica, sino también cultural y afectiva. Modela deseos, relaciones e intimidad, imponiendo un imaginario donde el valor personal depende del éxito, la notoriedad y la productividad.

— La soledad no deseada es una consecuencia estructural.
No es solo una experiencia emocional: está ligada a la precariedad, el paro, la pobreza o la exclusión, expresando el desgarro de los vínculos humanos en una sociedad hiperindividualista.

— La austeridad y la retirada del Estado agravan el malestar.
Las políticas neoliberales han deteriorado las condiciones de vida y generado miedo, inseguridad y desafecto político. Este clima emocional es fértil para los discursos antidemocráticos.

Segunda parte: ¿Qué puede la filosofía contra estos malestares?

La filosofía como terapia

Tras haber analizado algunas de las causas del malestar desde la salud pública, el psicoanálisis y la ciencia política, podemos ver que este fenómeno es complejo, estructural y arraigado en la manera en que habitamos el mundo. La medicina nos ha mostrado cómo la respuesta al malestar se ha medicalizado, convirtiendo en trastorno lo que a menudo es una reacción normal a un entorno exigente y deshumanizado. El psicoanálisis nos ha hecho entender que la identidad moderna, inestable y competitiva, es una fuente constante de frustración y carencia. Y la política nos ha permitido ver que este malestar es también producto de un sistema que genera desigualdad, soledad y desafecto.

En este contexto, la filosofía que sale de la academia y se adentra en el día a día de las personas puede aportar aquello que falta en todos estos enfoques: una mirada integradora, crítica y emancipadora, capaz de unir la comprensión del mundo con la reflexión sobre la propia vida.

[…] la filosofía es relevante para la vida cotidiana porque las acciones, emociones, elecciones, esperanzas, planes, etc., de la vida ordinaria se pueden interpretar como declaraciones sobre uno mismo y sobre el mundo […]
(ZANETTI DUEÑAS 2020, 108)

Hace más de dos mil quinientos años, en la antigua Grecia, nació la filosofía como una forma de buscar la mejor manera de vivir y ser feliz, preguntándose cuáles son los valores y comportamientos que conducen a una vida buena. En la entrada del templo de Apolo en Delfos se podía leer “Conócete a ti mismo”, que es precisamente lo que muchas personas acaban realizando después de años de terapia. Y a menudo se dan cuenta de que, si se hubieran entendido antes, si hubieran podido ver su contexto desde otro punto de vista, muchos de sus problemas jamás habrían llegado a considerarse problemas de salud mental. A veces, cuando nos encontramos frente a una angustia, la clarificación y una mirada crítica del problema puede ser de gran consuelo.

Comprenderse a uno mismo es el primer paso para entender el mundo. Es la base para construir una nueva manera de habitarlo, desmontando creencias que nos hacen daño: el miedo al fracaso, la necesidad de ser un hombre viril y exitoso como los de los anuncios, la obsesión por la riqueza, la angustia de no encajar en los cánones estéticos, o no entender que existen muchas maneras legítimas de vivir las relaciones personales. Este comprenderse significa, la mayoría de las veces, repensar y ser críticos con la propia identidad.

Como hemos visto, películas, series, canciones, amistades y familias nos transmiten mensajes diversos sobre qué es importante: tener muchas parejas, ser rico, ser famoso… Y nosotros, a menudo sin pensamiento crítico ni guía sólida, acabamos construyendo una filosofía personal hecha de valores contradictorios con nuestra realidad, que nos generan malestar e inseguridades que pueden desembocar en problemas de salud mental.

[…] el hombre que no tiene ningún barniz de filosofía va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón. […] La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser.
(Achenbach 2022, 100)

Una mirada no patologizante del malestar

Lo primero que puede ofrecer la filosofía es una forma de pensamiento que no reduce el malestar a un síntoma clínico, sino que lo reconoce como una expresión significativa de nuestra condición. En lugar de verlo como una anomalía que debe eliminarse, nos invita a preguntarnos qué nos dice sobre la manera en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. El malestar, desde esta mirada, puede ser una oportunidad para comprender mejor las contradicciones de nuestro tiempo, sin patologizarlo:

Muchas preguntas sin respuesta, dilemas y conflictos filosóficos generan tristeza, ansiedad y confusión. […] Estos conflictos y sentimientos, por su misma naturaleza, producen ansiedad y tristeza. Pero sería un error inferir que son trastornos psiquiátricos en lugar de preocupaciones filosóficas.
(ZANETTI DUEÑAS 2020, 71, citando a Ben Mijuskovic)

Como hemos visto, el malestar tiene fuentes diversas, y cada persona que se ve afectada lo está por causas generales comunes, pero vividas de manera particular. La filosofía permite abordarlo desde un punto de vista singular, valorando que cada persona es única e irrepetible, pero sin perder de vista las causas comunes. Mónica Cavallé lo explica así:

El mundo de cada cual no es un mundo de hechos brutos, sino un mundo interpretado, sentido, valorado; es decir, en buena medida, es un mundo mental. Las concepciones que tenemos sobre la realidad y sobre nosotros mismos constituyen el bagaje desde el que configuramos e interpretamos nuestra experiencia; son, por tanto, las que en gran parte explican el significado que otorgamos a las cosas, personas y situaciones y, consiguientemente, el que éstas nos frustren, nos motiven, nos entristezcan, nos alegren o nos resulten indiferentes; son las que nos hacen sentir que debemos o no debemos, que podemos o no podemos, las que nos inclinan por una cosa o por otra, las que tornan nuestras conductas ecuánimes o altruistas, o bien contradictorias y destructivas.
(Cavallé y Machado 2011, 24)

Abordar los malestares mediante etiquetas generales y reduciendo a la persona (sujeto) a objeto —tal como hace la ciencia— no siempre es la manera más acertada. Las personas se han constituido como sujetos a lo largo de su vida, y sus vivencias están atravesadas e interpretadas por dispositivos de poder que condicionan y coaccionan, pero que nunca totalizan al sujeto. Siempre queda un espacio abierto desde el que poder afrontarlos mediante el examen y la crítica.

Pensar para resistir la patologización y la culpabilización

Tanto la medicina como el discurso neoliberal tienden a individualizar las causas del sufrimiento. Como hemos visto, el discurso dominante nos culpabiliza de no saber adaptarnos al contexto y de no ser productivos. La mayor parte de las veces se busca que la persona pueda seguir siendo funcional, ya sea mediante la adaptación de su punto de vista al relato dominante, o cuando esto no es suficiente, mediante el suministro de psicofármacos. La filosofía, en cambio, propone y crea el espacio para posibilitar una apertura de miras que nos permita liberarnos de esa culpabilidad y entender que muchos malestares personales son respuestas racionales a condiciones de vida injustas y precarizadas.

Por una parte, plantea aceptar la situación, sin que ello signifique resignarse a ella. Pensar filosóficamente es resistir el imperativo de adaptarse. Hacerse cargo de esto y desarrollar un punto de vista crítico y libre de tutelas forma parte de lo que Kant llamaba alcanzar la mayoría de edad.

A menudo se acusa a la filosofía de promover la resignación o el conformismo. Pero va en la dirección contraria: en su origen se encuentra precisamente el cuestionamiento, la disconformidad. Sin cuestionar lo que se presenta como natural o incuestionable, la filosofía no existiría.

La aceptación nos permite salir de la parálisis y empezar a actuar desde la razón, discerniendo qué depende de nosotros y qué no. Igual que cuando llueve no nos quedamos inmóviles, sino que cogemos un paraguas o buscamos alternativas para no mojarnos, en otras circunstancias de la vida que escapan a nuestro control, aceptarlas y analizar el contexto nos abre un espacio para intervenir y trabajar por cambiar aquello que sí es modificable. Al mismo tiempo, identificar lo que no queremos nos abre la puerta a imaginar y planificar cómo querríamos que fueran las cosas, transformando nuestra visión en acción. La aceptación, por tanto, es un punto de partida para la acción y la transformación, no una excusa para la resignación.

[…] Epicteto hace una comparación con el juego de dados. No depende de mí que caiga uno u otro dado. De la misma manera, no depende de mí, sino del Destino, que me encuentre en determinada situación, que las circunstancias sean un obstáculo para mi acción. Debo aceptar esta situación con serenidad, consentir a ella. Sin embargo, en el juego de dados, depende de mí jugar con solicitud, con atención, con habilidad, el dado que ha caído. Asimismo, en la vida, depende de mí utilizar también con solicitud, con atención, con habilidad, el dado que ha caído, es decir, las circunstancias de mi acción tal y como las ha querido el Destino.
(Hadot 2013, 340)

Reparar los vínculos humanos y políticos

Si el malestar se arraiga en la competición y en la soledad estructural, la filosofía debe contribuir a reconstruir los espacios de diálogo y comunidad. La filosofía no puede ser solo una actividad intelectual, sino una práctica relacional: pensar juntos, discutir, escuchar y reconocernos como seres interdependientes. Recuperar la dimensión comunitaria del pensamiento es hoy una forma de resistencia frente al desarraigo y la desafección, un ejercicio para combatir el enclaustramiento del pensamiento promovido por las redes sociales. Compartir espacios y debatir ideas es un antídoto contra la radicalización y la fragmentación social.

En el diálogo filosófico se establece un vínculo recíproco de intercambio en el que cada interlocutor da aquello que piensa; más aún, se da a sí mismo en el acto de la palabra, pero también recibe lo que el otro le da, dejando que su experiencia se complete con la experiencia del otro. […]

[…] Al conversar sobre el mundo unos y otros, y hacer de él una tarea común, los seres humanos crean el mundo y lo convierten en un punto de encuentro y unión.
(Torralba Roselló y Jou i Mirabent 2014, 155-56)

Conclusiones

La filosofía ofrece una vía de transformación tanto personal como colectiva ante el malestar que acompaña a la vida moderna. No se trata de suprimir las emociones difíciles ni de sustituir a la medicina o la psicología, sino de proporcionar herramientas para comprenderlas en profundidad, situarlas dentro del contexto social y cultural que las genera, y actuar sobre ellas con razón, autonomía y sentido crítico.

Mediante este proceso, el individuo no solo se entiende mejor a sí mismo, sino que aprende a interpretar la realidad que le rodea, a reconocer las presiones y condicionamientos que a menudo invisibilizan su sufrimiento y a discernir qué acciones pueden contribuir a una vida más coherente y significativa.

En este sentido, la filosofía es una invitación a vivir con más conciencia, a no aceptar acríticamente las normas y expectativas impuestas por el sistema social, y a asumir la propia responsabilidad ante la vida. Pero también es una práctica que nos recuerda la interdependencia humana: nuestra experiencia no se construye de forma aislada, sino en relación con los demás, en comunidad y a través del diálogo. Así, pensar filosóficamente es aprender a habitar el mundo con lucidez, a identificar las fuentes de frustración y alienación y a transformarlas sin resignación, convirtiendo el malestar en un motor de crecimiento personal y colectivo.

Finalmente, la filosofía abre la vía hacia una vida más plena en un entorno que a menudo empuja hacia el desarraigo, la competición y la fragmentación emocional. Nos recuerda que el bienestar no depende solo de la desaparición del sufrimiento, sino de nuestra capacidad para comprenderlo, integrarlo y actuar sobre él, estableciendo vínculos más sólidos con nosotros mismos y con los demás, y construyendo así una existencia más rica, crítica y resiliente.

Bibliografía

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