El deseo humano: su complejidad y múltiples niveles y manifestaciones

En la entrada anterior de este blog ya anunciamos cuál sería el eje vertebrador de nuestra propuesta: el deseo. ↗ Leer aquí la segunda entrada: El arte de desear.

Retomo ahora esa afirmación para subrayar su importancia. El deseo será el alfa y el omega de este proyecto, el hilo conductor que articula nuestra manera de entender la filosofía como camino, como transformación y como conversión de la vida. Porque no basta con pensar bien o con creer de forma justa: lo que verdaderamente orienta nuestras decisiones y da forma a nuestra existencia es lo que deseamos.

En este sentido, todo lo que escribamos aquí —cada reflexión, cada ejercicio, cada diálogo— estará, de un modo u otro, vinculado al deseo: a cómo nace, cómo se educa, cómo se purifica y cómo puede conducirnos hacia una vida más lúcida, más libre y más plena.

La relación entre filosofía y religión ha sido siempre ambivalente, especialmente en el ámbito de la tradición judeocristiana.

Por un lado, la filosofía ha acompañado y reforzado muchas veces el horizonte religioso, ofreciendo criterios éticos que orientan la vida más allá del mero impulso instintivo. Pensemos en la síntesis tomista entre fe y razón, o en cómo el estoicismo influyó en la moral cristiana al subrayar la importancia de la virtud, la moderación y el autodominio.

Sin embargo, no es menos cierto que la filosofía, junto con la ciencia, se ha erigido también como una de las grandes fuerzas críticas frente a la religión, cuestionando sus supersticiones, sus dogmas y sus pretensiones de verdad absoluta. Desde el espíritu ilustrado de Voltaire hasta el naturalismo de Spinoza o el célebre “Dios ha muerto” de Nietzsche, la tradición filosófica ha sido un motor de emancipación frente a los límites impuestos por una moral religiosa percibida muchas veces como restrictiva o arbitraria.

Esta doble relación —de alianza y de tensión— nos recuerda que la filosofía es a la vez heredera y crítica de lo religioso. Y conviene tenerlo presente, porque en esta primera aproximación al deseo vamos a situarnos deliberadamente en la vertiente crítica: lejos de imponer juicios morales o religiosos, nos proponemos partir de una aceptación radical de la multiplicidad de deseos que atraviesan la vida humana.

En este punto, todo vale, al menos como punto de partida para comprender la riqueza y la complejidad de aquello que nos mueve.

En este artículo vamos a hablar de los deseos que nos mueven y nos motivan, y conviene mantener presente el punto señalado al final de la sección anterior: la necesidad de observar nuestros deseos sin imponerles un juicio moral previo.

Ahora bien, al hacerlo, es importante diferenciar con la mayor claridad posible lo que deseas de lo que deseas desear. Dicho de otro modo, no basta con atender al deseo que corresponde a tu yo ideal —a aquello que te gustaría llegar a ser—, sino también al deseo que se manifiesta en lo que efectivamente eres y haces.

La estructura reflexiva del lenguaje nos permite expresar esta diferencia con precisión: puedo desear X, pero también puedo desear no desear X. Aquí aparece un conflicto inevitable entre dos niveles de deseo. Y lo esencial es reconocerlos ambos como igualmente propios y legítimos, aunque se contradigan entre sí.

Pensemos, por ejemplo, en alguien que desea concentrarse para avanzar en su trabajo, pero que al mismo tiempo no puede evitar desear mirar constantemente el teléfono. Ambos deseos son reales, ambos habitan en la misma persona, aunque sean incompatibles. O en quien anhela vivir de forma serena y desapegada, pero a la vez experimenta un deseo intenso de reconocimiento y aprobación en redes sociales: querer la calma interior y, al mismo tiempo, querer los aplausos externos.

Lo que no debemos hacer es negar el deseo de primer nivel —“quiero mirar el teléfono”, “quiero ser aprobado”— simplemente porque desearíamos no tenerlo. Reconocerlo forma parte del ejercicio de lucidez filosófica: ver con honestidad la pluralidad de fuerzas que nos constituyen y el conflicto que generan. Solo desde esa aceptación inicial puede comenzar un verdadero trabajo de transformación.

Vamos ahora a precisar un poco más la noción de deseo de la que venimos hablando hasta ahora. Al caracterizar a un ser humano como agente intencional, decimos que se trata de un ser dotado de dos capacidades fundamentales: creer y desear. Tanto las creencias como los deseos se refieren a situaciones posibles del mundo que somos capaces de imaginar, independientemente de que efectivamente se den o no en la realidad.

En ambos casos, hablamos de una estructura compartida: un contenido proposicional (X) hacia el cual se dirige una determinada actitud proposicional. Por ejemplo, si tengo frío, puedo desear que la calefacción esté encendida; si salgo de casa y me pregunto si la apagué, puedo creer que está apagada, o temer que no lo esté. El contenido es el mismo (la calefacción encendida o apagada), pero la actitud hacia ese contenido es distinta: deseo en un caso, creencia en el otro.

La filosofía del lenguaje y de la mente ha explorado en detalle esta diferencia. Desde Brentano, que introdujo en la modernidad la noción de intencionalidad como rasgo esencial de la vida psíquica, hasta autores contemporáneos como John Searle o Donald Davidson, encontramos una distinción clara entre la dirección de ajuste de creencias y deseos. En el caso de la creencia, se espera que el mundo se ajuste a lo que creemos: la creencia será verdadera si los hechos se corresponden con el contenido proposicional, y falsa si no lo hacen. En el caso del deseo, ocurre lo contrario: no se trata de que mi mente represente el mundo tal como es, sino de que busque transformarlo o preservarlo para que llegue a ser como lo imagino. Por eso, diremos que un deseo está satisfecho si X llega a realizarse, e insatisfecho si no lo hace.

Visto así, desear no es simplemente experimentar una inclinación hedonista o un impulso sensible. Es, más bien, proyectar un estado posible de cosas que queremos ver realizado, ya sea mediante nuestra acción, la acción de otros o incluso el curso de la naturaleza. Esto explica por qué puedo desear X aunque X ya sea el caso: por ejemplo, desear que la calefacción esté apagada incluso cuando ya lo está, porque temo que deje de estarlo y me esfuerzo para que siga siendo así.

De momento, asumiremos como válido cualquier contenido proposicional que un sujeto reconozca como deseable, sin restringir la definición de antemano. En un artículo posterior entraremos con más detalle en la naturaleza de estos contenidos: qué rasgos deben tener, cómo se ordenan y de qué manera se relacionan con la vida práctica y con la transformación filosófica que aquí buscamos.

Vamos ahora a ocuparnos de la actitud proposicional relativa al deseo, dejando para más adelante la de la creencia, y considerando que cualquier otra posible actitud proposicional puede reducirse, en última instancia, a una de estas dos.

No es necesario detenernos aquí en una descripción detallada de qué significa desear o creer, porque son experiencias que todos reconocemos con claridad en nuestra vida cotidiana. Todos sabemos qué significa querer algo o rechazarlo, del mismo modo que todos distinguimos cuándo tenemos la expectativa de que algo es el caso. Estas experiencias nos resultan inmediatas, familiares, casi obvias en primera persona, aunque resulte difícil darles una explicación científica exhaustiva o traducirlas a un lenguaje puramente objetivo.

Pero justamente aquí radica lo que nos interesa: como decíamos en la primera entrada de este blog, la filosofía como forma de vida se apoya en la conciencia y en la toma de conciencia. No necesitamos reducir estos fenómenos a explicaciones en tercera persona para darles legitimidad; basta con atender a cómo se nos presentan de manera directa en la experiencia. Partimos, simplemente, de que los demás también tienen creencias y deseos porque lo inferimos de sus conductas, y eso es suficiente para el recorrido que aquí proponemos.

En este sentido, podemos considerar las nociones de deseo y creencia como nociones primitivas: puntos de partida sobre los que no hace falta buscar una justificación ulterior. Y cualquier otra actitud proposicional —como esperar, temer, imaginar, dudar, prometer o incluso ordenar— puede comprenderse, de una forma u otra, como variante o combinación de estas dos. Siguiendo la terminología de John Searle, la diferencia fundamental está en la dirección de ajuste (direction of fit):

  • Las creencias buscan ajustarse al mundo (mi representación debe encajar con los hechos).
  • Los deseos buscan que el mundo se ajuste a lo que imaginamos o anhelamos (los hechos deben encajar con mi proyección).

Pensemos en algunos ejemplos sencillos. Esperar que mañana llueva no es más que una forma de deseo, pues quiero que el mundo se configure de un modo determinado. Temer que me despidan es, en el fondo, una creencia disfrazada de deseo negativo: creo que algo puede ocurrir y, al mismo tiempo, deseo que no ocurra. Prometer algo a otra persona se apoya en un deseo (que yo actúe de cierta manera en el futuro) y en una creencia (que la otra persona confíe en mi palabra).

De este modo, podemos reducir toda la diversidad de actitudes proposicionales a estas dos raíces fundamentales: creer y desear. Y como aquí nos interesa seguir el hilo del deseo como motor de la transformación filosófica, lo tomaremos como nuestro punto de partida.

Cuando hablamos de deseos, hablamos también de afectos, emociones y apegos. Desde perspectivas muy diversas —ya sean biológicas, psicológicas o filosóficas— encontramos una misma estructura básica. Sócrates distinguía entre lo bueno, lo malo y lo neutral; Spinoza hablaba de la alegría y la tristeza como afectos fundamentales. En todos los casos, los mecanismos esenciales del deseo pueden reducirse a dos grandes movimientos: aproximación y evitación.

Hay situaciones, reales o imaginadas, que generan en nosotros atracción, y hacia las que tendemos a acercarnos, promoverlas o provocarlas. Y hay otras que nos generan repulsión, ante las cuales buscamos alejarnos, evitarlas o eliminarlas. Por supuesto, la vida humana rara vez se reduce a estos esquemas tan sencillos: una misma situación puede producir al mismo tiempo atracción y rechazo, deseo y aversión, como ya vimos al hablar de la diferencia entre desear algo y desear desearlo. Esta complejidad, lejos de ser un detalle, será un tema recurrente en este blog, pues constituye un aspecto fundamental del proceso de transformación filosófica: analizar y reconfigurar nuestro sistema de deseos.

Llegados aquí conviene hacer una precisión. A menudo pensamos que si algo me atrae debo decir “deseo X”, mientras que si algo me produce rechazo debo decir “no deseo X”. Pero esta forma de expresarlo es engañosa. La ausencia de deseo no equivale al rechazo: puede significar simplemente indiferencia o neutralidad. El rechazo, en cambio, no es falta de deseo, sino otra forma de deseo.

Cuando algo nos produce repulsión, lo que en realidad sucede es que deseamos su ausencia. No se trata de decir “no deseo que X”, sino más bien “deseo que no X”: deseo que X no ocurra, que no sea el caso, que deje de existir o que resulte falso. Esta distinción, aparentemente sutil, resulta clave. Nos recuerda que tanto la atracción como la aversión forman parte del campo del deseo, y que comprender este doble movimiento —lo que queremos ver realizado y lo que queremos ver eliminado— es imprescindible para profundizar en el arte de vivir filosóficamente.

Una vez establecido el marco conceptual básico que nos permite hablar de nuestros deseos con un lenguaje relativamente técnico y compartido, llega el momento de asumir el reto práctico: identificar y enumerar los propios deseos.

Esta primera fase no pretende ser sistemática ni demasiado reflexiva. Se trata, más bien, de un ejercicio inicial de enumeración espontánea, casi como una lluvia de ideas, en la que vamos registrando aquellos deseos que orientan y vehiculan nuestra vida cotidiana. Para ello, podemos apoyarnos en la terminología presentada hasta ahora: “deseo X”, “deseo No X”, “deseo desear X”, “deseo desear No X”.

Es cierto que, dado que nuestro lenguaje es infinitamente recursivo, podríamos llegar a formular expresiones todavía más complejas, como “deseo desear desear X”. Sin embargo, resulta difícil imaginar un caso práctico en el que una expresión de este tipo sea realmente útil en el contexto que nos ocupa. Con los niveles que hemos señalado es más que suficiente.

Conviene, eso sí, tener presente una implicación importante: cuando digo “deseo desear X”, se presupone que, de facto, en muchos momentos deseo No X, o al menos no deseo X. Del mismo modo, al decir “deseo desear No X”, se sobreentiende que deseo X, o que al menos no deseo No X. Esta tensión y ambivalencia deberá quedar aclarada en cada caso concreto, porque forma parte de la complejidad real de nuestra vida deseante.

Ahora bien, ¿cómo podemos identificar y enumerar nuestros deseos? Esta cuestión no es nada sencilla. Precisamente porque toca el núcleo de la toma de conciencia, que es —como hemos afirmado desde el principio— la base misma de toda transformación filosófica. Observar con honestidad qué deseos nos mueven, incluso cuando no nos gustan o cuando contradicen nuestra autoimagen, constituye el primer paso en el camino hacia una vida más lúcida y transformada.

¿Cómo podemos identificar y enumerar nuestros deseos? Esta cuestión no es nada sencilla, y tiene que ver de lleno con la toma de conciencia, que es —como hemos señalado desde el principio— la base misma de la transformación filosófica (Bienvenidos a Vía Filosófica: un espacio para pensar(se) desde el cuidado.)

Al intentar reconocer nuestros deseos, podemos encontrarnos con varios obstáculos relacionados con la falta de conciencia. En primer lugar, puede suceder que no seamos conscientes de que deseamos algo. Pensemos en una persona que se siente de mal humor sin saber por qué, o en alguien que experimenta un repentino entusiasmo sin poder explicar su origen. En ambos casos, lo que ha ocurrido es que algún deseo profundo —ya sea un rechazo en el primer ejemplo o un anhelo en el segundo— se ha visto satisfecho o frustrado, pero la persona no ha sabido establecer el vínculo entre el acontecimiento externo o interno y su estado anímico.

Un segundo tipo de dificultad aparece cuando nuestros ideales morales, sociales o culturales actúan como filtros que nos obligan a acallar ciertos deseos. Aquí no se trata de que los deseos estén totalmente fuera de nuestro alcance consciente, sino de que los reprimimos deliberadamente porque no encajan con la autoimagen que queremos sostener. Aun así, esos deseos siguen presentes en algún nivel, y su silenciamiento puede generar un profundo malestar cuando, inevitablemente, se hacen explícitos.

Por supuesto, podrían señalarse aún otras causas que expliquen por qué muchas veces no somos capaces de identificar nuestros deseos. Es muy probable que existan límites estructurales de la conciencia que nos impiden tener acceso completo a todo lo que subyace a nuestras acciones, motivaciones y decisiones. Ahora bien, como hemos afirmado desde el inicio de este proyecto, el trabajo filosófico no consiste en intentar sobrepasar esos límites. Al contrario: parte del reconocimiento de que la conciencia es nuestra única herramienta, y que dentro de su alcance limitado debemos llevar a cabo nuestra tarea de transformación.

En definitiva, no necesitamos una transparencia absoluta de nosotros mismos para comenzar el camino. Lo esencial es aprender a cultivar la atención y la lucidez hacia aquellos deseos que sí podemos traer al campo de la conciencia, aceptando tanto sus tensiones como sus contradicciones. Ese será siempre nuestro punto de partida.

Dicho esto, cabe preguntarse: ¿cómo podemos aumentar nuestro nivel de conciencia? He aquí algunas estrategias que considero especialmente relevantes.

En primer lugar, respecto a la censura interna y a la tendencia a identificarnos exclusivamente con nuestro yo ideal, conviene recordar algo fundamental: somos seres complejos, y resulta sumamente improbable que todos nuestros deseos coincidan plenamente con los ideales que decimos profesar. Por eso, el primer paso es cultivar una actitud abierta, atenta y ecuánime, una mirada lo más “objetiva” posible que nos permita suspender los juicios de valor y reconocer los deseos tal como son, antes de evaluarlos o decidir qué hacer con ellos.

Todo deseo debe tener derecho a ser reconocido y nombrado. Esto no significa, por supuesto, que debamos dejarnos arrastrar por todos ellos. La transformación filosófica consistirá, precisamente, en someter nuestros deseos a reflexión, análisis y discernimiento. Pero si no les damos un lugar en nuestra conciencia desde el inicio, si no los aceptamos como parte de nosotros mismos, el trabajo de transformación se convierte en una ilusión. Reconocer un deseo no equivale a obedecerlo: equivale a asumirlo como una pieza real de nuestro interior.

En este sentido, resulta muy saludable identificar, como ya mencionamos antes, los conflictos internos que subyacen a nuestras acciones y emociones. Muchas veces nuestras tensiones más profundas no provienen de un único deseo, sino del choque entre deseos incompatibles: lo que queremos de facto frente a lo que quisiéramos desear. La tarea de tomar conciencia consiste, entonces, en hacer visible ese entramado de fuerzas internas, no para condenarlo ni para ocultarlo, sino para comprenderlo y, poco a poco, aprender a orientarlo.

En segundo lugar, es fundamental prestar atención a nuestras acciones. A menudo creemos que la manera más directa de descubrir nuestros “verdaderos” deseos es mirar hacia adentro, como si bastara con un examen introspectivo de nuestros estados mentales más íntimos. Sin embargo, muchas veces es nuestra conducta externa la que ofrece las pistas más fiables. ¿A qué dedico, de facto, la mayor parte de mi tiempo? ¿En qué gasto mi dinero? ¿Con quiénes elijo relacionarme más habitualmente? ¿En qué tareas, proyectos o actividades pongo más empeño y energía? Estas preguntas, aparentemente simples, son ventanas privilegiadas hacia lo que realmente deseo, más allá de mis declaraciones conscientes o de mis ideales proclamados.

No se trata de negar el valor de la introspección, sino de complementarla con un análisis honesto de la vida concreta que llevamos. Ya en un segundo plano, podemos añadir la reflexión interior: preguntarnos, por ejemplo, de todas mis acciones, ¿en cuáles me descubro después sintiéndome más incómodo, culpable o insatisfecho? Esa incomodidad posterior suele señalar un conflicto entre deseos: el choque entre aquello que quiero de manera inmediata y lo que quisiera querer a la luz de mis valores o de mi yo ideal.

En este punto se conecta con lo que hemos discutido antes: la diferencia entre desear algo y desear desearlo. Un ejemplo cotidiano puede ilustrarlo: alguien que dedica muchas horas a redes sociales quizá no “quiera” admitir que ese sea uno de sus deseos principales; sin embargo, el hecho de que efectivamente invierta ahí tanto tiempo lo convierte en un deseo real que no puede ser ignorado. El malestar que a veces sobreviene después de largas horas de desconexión aparente es la señal de un conflicto entre el deseo inmediato de entretenimiento y el deseo más profundo de aprovechar mejor el tiempo, de vivir con mayor serenidad o coherencia.

Así, mirar nuestras acciones es un modo directo de hacer visible nuestro mapa de deseos. Como ya dijimos en la primera entrada, la conciencia es la herramienta fundamental de la transformación filosófica: pero esa conciencia no se limita a lo que ocurre en la mente, sino que incluye también lo que hacemos con el cuerpo, con nuestras elecciones y con el modo concreto en que habitamos el mundo.

Por último, existe un tercer nivel en el que podemos profundizar en la conciencia de nuestros deseos. Este nivel nos parece especialmente importante y volverá a aparecer en futuras entradas del blog, aplicado a distintos aspectos y fases de nuestra caracterización de la vía filosófica.

Me refiero a lo que podemos llamar copercepción. En nuestra vida cotidiana vivimos permanentemente conectados con el entorno: percibimos con facilidad una gran cantidad de estímulos externos, desde un ruido inesperado hasta el gesto de alguien cercano. Es natural que así sea, pues esta apertura hacia fuera constituye la base de nuestra adaptación al mundo. Algunas personas son más observadoras que otras, pero en cualquier caso esta capacidad de atención puede entrenarse y desarrollarse.

En cambio, la conciencia de nuestro mundo interior es un asunto más delicado. La mayoría de los seres humanos, si no han entrenado esta habilidad, apenas perciben unas pocas señales de su propio cuerpo y, por lo general, solo le prestan atención cuando “hace mucho ruido”: en estados emocionales intensos, en situaciones de enfermedad o dolor. Sin embargo, la transformación filosófica exige —al menos en la visión que aquí proponemos— el cultivo deliberado de la autoobservación y de la copercepción, esto es, la capacidad de reconocer con lucidez cómo nos afectan las cosas en niveles más sutiles de nuestra experiencia.

Este entrenamiento puede llevarse a cabo a través de distintas prácticas. La meditación centrada en la respiración nos enseña a notar cómo se altera nuestro ritmo vital en función de lo que vivimos. La práctica sistemática de tensión y relajación muscular permite percibir dónde se acumulan cargas en el cuerpo. Las tradiciones taoístas, por su parte, han desarrollado un refinado arte de escucha del propio estado energético, ayudándonos a reconocer señales que de otro modo pasarían inadvertidas. Todas estas vías apuntan a un mismo objetivo: aprender a captar los pequeños indicios con los que nuestro organismo nos informa, de manera casi imperceptible, de qué experiencias nos generan atracción y cuáles nos producen rechazo.

Cualquier modificación en la respiración, una ligera tensión en la zona abdominal o perianal, una presión sutil en el entrecejo… todo ello puede ser una pista de que algo nos ha incomodado o nos ha producido rechazo. Se trata de señales demasiado sutiles para ser detectadas por un observador externo, pero que están ahí, disponibles para quien aprenda a escuchar su propio cuerpo. Y este arte de escucha corporal es una herramienta invaluable para hacer consciente aquello que, de entrada, permanece oculto: los deseos y aversiones que nos mueven sin que sepamos muy bien por qué.

Con todas estas herramientas, estamos ya preparados para iniciar la primera fase de nuestro camino de transformación filosófica. Para ello conviene asegurarse de lo siguiente:

  • Has de haber comprendido la hipótesis fundamental de la conciencia como motor del proceso de transformación filosófica (ver Entrada 1).
  • Has de haber entendido por qué el deseo será nuestra herramienta fundamental de trabajo en esta vía (ver Entrada 2).
  • Has de estar segura de que has asimilado el marco conceptual presentado en este artículo.
  • Has de haber practicado los métodos de toma de conciencia de los deseos, desarrollando cierta habilidad en la autoobservación y en la copercepción.
  • Has de haber identificado y enumerado los deseos que guían tu vida, reconociendo su complejidad, su multiplicidad y los posibles conflictos que existen entre ellos.

A este proceso de enumeración podemos añadir un último paso: intentar establecer una jerarquía entre los deseos identificados. Lo llamaremos el grado de deseabilidad. No se trata de un procedimiento sofisticado, sino de un ejercicio práctico de autoobservación: consiste en preguntarse cuáles de nuestros deseos son más importantes, más intensos o generan un mayor apego en nosotros, y cuáles, en cambio, son más débiles o pasajeros.

Por ejemplo: si tengo un deseo leve de comer chocolate y un deseo muy fuerte de mantener la línea, el conflicto interno que experimento será mínimo. Lo mismo ocurrirá si la situación se invierte. Pero si ambos deseos son igualmente intensos —si deseo con fuerza el placer inmediato del chocolate y, al mismo tiempo, deseo con la misma intensidad mantener mi peso— entonces la tensión interna será mucho mayor.

El grado de deseabilidad, por tanto, nos ayuda a entender la fuerza relativa de nuestros deseos y a anticipar el nivel de conflicto que pueden generar en nuestra vida. Por ahora, basta con aplicar esta noción de manera sencilla a la lista de deseos que hayas enumerado: ¿qué deseo es más fuerte, cuál es más débil, cuáles chocan entre sí con mayor intensidad?

En futuras entradas de este blog profundizaremos en este concepto y exploraremos cómo trabajar con él de manera más sistemática. Pero, de momento, el ejercicio consiste simplemente en aprender a reconocer la jerarquía espontánea de nuestros deseos y comenzar a observar cómo esa jerarquía influye en nuestras decisiones, en nuestros estados de ánimo y, en última instancia, en la orientación de nuestra vida.

Por último, quiero compartir mi propia enumeración de deseos, acompañada de una cierta jerarquización en función de su grado de deseabilidad. Como verás, no se trata de nada especialmente sofisticado ni estrictamente espiritual:

  • Quiero vivir una vida larga, saludable y cómoda, rodeado de mis seres queridos.
  • Quiero disfrutar de una vida sexual plena el máximo tiempo posible.
  • Quiero que mis hijos lleven una vida mejor de la que yo he vivido, tanto en el plano afectivo como en el económico.
  • Quiero viajar y disfrutar de buena comida.
  • Quiero poder ver los partidos de fútbol de mi equipo favorito.
  • Quiero aprender a disfrutar de las pequeñas cosas y del vivir sin planear.

Como se puede apreciar, estos deseos son bastante mundanos y cotidianos. Y precisamente ahí está el punto que quiero subrayar: la conversión filosófica no exige necesariamente renunciar a este tipo de deseos. Lo que propone es algo distinto: reflexionarlos, clarificarlos, jerarquizarlos y, solo en aquellos casos en que resulten verdaderamente incompatibles entre sí, aprender a gestionarlos o incluso a renunciar a alguno de ellos.

La filosofía, entendida como camino de transformación, no parte de ideales abstractos ni de metas inalcanzables, sino de la vida tal como la vivimos, con sus anhelos grandes y pequeños. Desde ahí comienza el trabajo.

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