Bienvenidos a Vía Filosófica: un espacio para pensar(se) desde el cuidado

Bienvenidos a Vía Filosófica: un espacio para pensar(se) desde el cuidado

Este blog nace con una intención clara: hablar de filosofía. Pero no de una filosofía abstracta o académica, alejada de la vida cotidiana. Lo que aquí proponemos es una filosofía viva, encarnada, que nos transforma y nos acompaña. Una filosofía que se practica, se vive y se convierte en una forma de estar en el mundo.

Podríamos decir que lo que haremos se inscribe en lo que hoy se conoce como práctica o asesoramiento filosófico. Sin embargo, queremos ir un paso más allá. Nuestra inspiración está en las raíces de la filosofía clásica y helenística, cuando pensar era inseparable de vivir de otra manera, cuando el filósofo era, ante todo, alguien comprometido con su propia transformación.

La tesis que defendemos es ambiciosa, incluso provocadora: la filosofía, entendida como forma de vida, es la mejor terapia que existe. Pero no terapia en el sentido clínico o reduccionista, sino como therapeia: cuidado de sí, búsqueda de sentido, conexión profunda con los demás y con el mundo. Una filosofía que transforma al sujeto desde dentro y, con ello, transforma también sus relaciones, sus instituciones, su forma de habitar la realidad.

Desde esta perspectiva, la filosofía comparte mucho con lo mejor de las tradiciones religiosas y terapéuticas: su vocación de guía, de consuelo, de transformación y de apertura al misterio y a un tipo de sabiduría alejada de la erudición y el lenguaje. En los artículos que iremos publicando, queremos mostrar cómo el pensamiento filosófico puede abrir caminos hacia la felicidad, la paz interior y una vida más plena y significativa.

Este es el comienzo del viaje. Estás invitado a recorrerlo con nosotros.

Dos voces, un mismo latido

Este blog está escrito a cuatro manos. Detrás de estas líneas hay dos filósofos, dos trayectorias vitales, dos miradas distintas que convergen en una misma intuición: la filosofía, cuando se vive como forma de vida, revela un fondo común que trasciende las diferencias.

En ese sentido, podríamos decir que este espacio recoge dos maneras de decir lo mismo. Pero es un “lo mismo” que no debe engañar. No se trata de uniformidad, sino de una sintonía profunda: la búsqueda compartida de sabiduría, el compromiso con el cuidado de sí, la aspiración a una vida plena, serena y consciente. Dos perspectivas distintas que se entrelazan en torno a un ideal filosófico que, aunque se exprese de forma singular en cada uno, apunta hacia una misma dirección.

Este punto es fundamental: muchas veces se presenta la historia de la filosofía como una sucesión de sistemas en conflicto, de autores enfrentados, de ideas irreconciliables. Sin embargo, si se la contempla desde el prisma de la filosofía como forma de vida, emerge otra imagen. Una imagen en la que los grandes pensadores y pensadoras, desde contextos y sensibilidades muy diversas, parecen señalar —cada cual a su modo— una misma fuente: la posibilidad de vivir mejor, de conocerse, transformarse y armonizar con el mundo.

Por eso, esta doble autoría no es un accidente, sino una elección deliberada. Queremos mostrar que la diversidad de estilos, enfoques y lenguajes no impide una unidad más profunda, sino que la enriquece. Porque la vía filosófica no es un método rígido ni una receta universal. Es una inspiración que se encarna de forma única en cada ser humano, y que requiere ser descubierta, interpretada y vivida desde dentro.

Se trata, en el fondo, de caminar juntos sin renunciar a la singularidad. De compartir un mismo ideal sin caer en el reduccionismo. De escuchar las múltiples voces que, a lo largo de la historia y en nuestro presente, siguen diciendo —cada una a su manera— que otra vida es posible.

Filosofía y terapias: coincidencias profundas, alcances singulares

En la encrucijada entre filosofía aplicada y psicoterapia contemporánea, el asesoramiento filosófico surge tanto como complemento como alternativa. No existe un único canon que lo defina, pero hay un consenso claro en torno a sus bases fundamentales: un diálogo abierto, inspirado en la mayéutica socrática; la exploración de la propia cosmovisión; y el despliegue del pensamiento crítico, esencial para detectar razonamientos erróneos que alimentan nuestro sufrimiento y desregulación emocional. A partir de ahí, busca corregirlos desde la conciencia y la reflexión.

Este enfoque recupera el ideal clásico de la therapeia —cuidado de sí—, pero sin reducirlo a una intervención psicológica convencional. La filosofía como modo de vida es un cuidado integral: abarca el autoconocimiento y la gestión emocional, pero también incluye la administración responsable de los recursos (pensemos en el Sócrates de Jenofonte); además, integra la dimensión comunitaria y ecológica, conectando al sujeto con su entorno como parte de un todo.

Pero lo que distingue profundamente a este modo filosófico es su capacidad de integración. A diferencia de muchos modelos terapéuticos, no trabaja cada aspecto de forma aislada, sino que busca armonizarlos en un solo tejido vital. Así, no es casualidad que se tracen puentes entre el asesoramiento filosófico, psicoterapia, coaching, liderazgo, gestión personal o comunitaria: todos ellos beben, sin siempre nombrarlo, de la misma fuente: la razón consciente al servicio de la transformación humana.

De hecho, muchos pioneros del coaching moderno reconocen esta deuda con la mayéutica. Thomas Leonard, considerado el fundador del life coaching, explicaba que su método se inspiraba en el “método socrático”. En psicoterapia, Albert Ellis —padre de la terapia racional emotiva conductual— desarrolló un modelo activo que, con su famosa técnica ABC-D-E, expone cómo las creencias irracionales originan el sufrimiento, y propone un debate racional al más puro estilo socrático para transformar la cosmovisión patógena.

Por tanto, aunque haya afinidades entre filosofía y psicoterapia, no son lo mismo. La therapeia filosófica es una forma de vida, una forma de habitar la existencia mediante la razón y la conciencia, un cuidado que incluye pero trasciende lo psicológico. Se propone como un proyecto más amplio: extender una mirada lúcida y compasiva al propio interior, al entorno, y al modo en que nos relacionamos con el mundo.

En este blog nos proponemos hacer explícitas esas conexiones veladas. Queremos mostrar con claridad cómo la filosofía como forma de vida nutre y potencia prácticas terapéuticas, de coaching o de liderazgo, y al mismo tiempo explorar su capacidad para ofrecer una comprensión global, profunda y transformadora del cuidado de sí y del mundo.

Entre filosofía y religión: puentes hacia la transformación

En nuestro recorrido por el modo de vida filosófico, ya hemos señalado su capacidad de transformar no solo al individuo, sino también sus vínculos, su entorno y su forma de habitar el mundo. Esta transformación profunda —esta conversión existencial— guarda sorprendentes similitudes con lo que muchas tradiciones religiosas han perseguido desde sus orígenes: una vida con sentido, guiada por la conciencia, la conexión y el cuidado.

Religiones como el cristianismo o el budismo, por ejemplo, proponen un camino hacia la trascendencia —ya sea en forma de unión con Dios o de armonía con la naturaleza— que pasa por el desapego del yo superficial, la renuncia a deseos egocéntricos y la práctica constante de ejercicios espirituales: oración, meditación, mantras, silencio, servicio, reuniones comunitarias… Estas prácticas no solo apuntan a una mejora individual, sino a una reconfiguración integral del sujeto y su relación con el mundo.

Pues bien, la filosofía antigua, especialmente en su vertiente helenística, ya concebía algo muy parecido. Escuelas como el estoicismo, el epicureísmo o el platonismo no eran simples sistemas teóricos: ofrecían una forma de vida sustentada en el ejercicio espiritual, en el cultivo de la razón y en una ética de la transformación. Su objetivo no era simplemente conocer, sino llegar a ser. Mediante prácticas como la atención plena (prosoché), la visualización anticipada de dificultades, la meditación diaria sobre principios éticos o la reflexión escrita, el filósofo buscaba convertirse en un ser más sabio, libre y armonioso.

Autores contemporáneos como Pierre Hadot, Martha Nussbaum o Michel Foucault han redescubierto esta dimensión espiritual de la filosofía, mostrando que muchas de las prácticas que hoy asociamos a lo religioso o incluso a lo terapéutico, tienen raíces filosóficas profundas y precristianas. Hadot, en particular, insistía en que la filosofía antigua era una forma de vida basada en ejercicios espirituales destinados a transformar la visión del mundo y la manera de vivir.

En este sentido, el modo de vida filosófico ofrece una vía para rescatar lo más valioso de la experiencia religiosa: su fuerza transformadora, su dimensión comunitaria, su orientación al sentido y al misterio (se puede entender aquí por misterio algo muy poco misterioso, que tiene que ver con la finitud humana y los límites a nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos, y a nuestra capacidad de decisión y autodeterminación). Y lo hace sin necesidad de adherirse a dogmas cerrados ni de excluir otras formas de pensamiento. La filosofía, cuando se vive, acoge la pluralidad y la diversidad, y se ofrece como una fuente de sabiduría abierta y libre, capaz de generar una espiritualidad laica, inclusiva y profundamente humana.

En este blog, profundizaremos también en esta conexión entre filosofía y religión, explorando los ejercicios espirituales filosóficos, sus resonancias en la historia de las religiones, y su potencial para una vida más consciente, conectada y significativa en nuestro tiempo.

Un fondo común de sabiduría: Oriente, cuerpo y filosofía

Al hablar de filosofía como forma de vida, no podemos limitarnos únicamente a su expresión histórica en la tradición occidental. Aunque es cierto que, desde un punto de vista etimológico e histórico, la filosofía —en sentido estricto— nace en Grecia y se desarrolla en diálogo con su propio canon, no es menos cierto que su espíritu, su impulso profundo, se manifiesta en múltiples culturas y tradiciones bajo formas diversas. A eso nos referimos cuando hablamos de un fondo común de sabiduría: una aspiración compartida a vivir con sentido, a transformarse desde dentro, a cultivar el cuerpo y la mente como parte de un mismo camino de autoconocimiento.

Uno de los ejemplos más fecundos de esta convergencia lo encontramos en lo que, de manera a veces imprecisa, se denomina “filosofía oriental”. Tradiciones como el taoísmo, el budismo o el confucianismo no solo han desarrollado sistemas de pensamiento complejos, sino también formas de vida articuladas en torno a ejercicios espirituales, muchos de los cuales se han transmitido oralmente hasta nuestros días.

Pierre Hadot, al recuperar los ejercicios espirituales de la filosofía antigua, distinguía entre prácticas reflexivas —como la meditación, la lectura o el examen de conciencia— y ejercicios corporales o gimnásticos que formaban parte de la askesis, es decir, del entrenamiento necesario para la transformación del sujeto. Lamentablemente, la mayoría de estos ejercicios corporales se han perdido en Occidente: apenas tenemos referencias fragmentarias que dan cuenta de su existencia, pero no conservamos descripciones detalladas de su práctica.

Como resultado, la imagen que ha prevalecido de la filosofía en Occidente es profundamente mentalista: la razón, el diálogo, la argumentación. Todos ellos, sin duda, elementos esenciales. Pero también parciales. Si dejamos de lado el cuerpo, sus hábitos, sus límites y su capacidad de transformación, estamos dejando fuera una dimensión clave del modo de vida filosófico.

En este sentido, la tradición oriental ofrece una fuente de inspiración inestimable. No solo ha conservado prácticas psicosomáticas como el chi kung, el tai chi o el yoga, sino que las ha integrado en un camino de desarrollo espiritual que guarda sorprendentes afinidades con el ideal filosófico clásico: la moderación, la atención plena, la armonía con la naturaleza, la disciplina del deseo, la serenidad como meta. A través de estos ejercicios corporales, no se busca únicamente salud o longevidad —objetivos muy valorados en la cultura contemporánea occidental—, sino una forma de sabiduría encarnada, una vida lúcida y armoniosa guiada por principios conscientes.

En este blog exploraremos también estas conexiones. Nos detendremos especialmente en prácticas del taoísmo y el chi kung chino, mostrando cómo pueden integrarse en el modo de vida filosófico y enriquecerse mutuamente. Nuestro objetivo no es sincretizar de forma superficial, sino poner de relieve ese fondo común de sabiduría que atraviesa las culturas, y que invita —si se sabe escuchar— a una transformación profunda y sostenida del ser humano.

Razón, conciencia y el arte de vivir

Una de las formas más comunes de definir la filosofía como forma de vida es considerarla una vida guiada por la razón. Así la presenta, por ejemplo, Spinoza en su Ética, obra que analizaremos en profundidad en futuras entradas de este blog. Esta caracterización es precisa y valiosa: vivir filosóficamente implica, sin duda, cultivar la ratio —esa capacidad de medir, de calcular, de ponderar lo que es más conveniente a largo plazo y en beneficio del conjunto.

Frente a una existencia regida por los impulsos inmediatos, las reacciones emocionales o las demandas del ego, el modo de vida filosófico propone un espacio de libertad: un intervalo entre estímulo y respuesta, como afirmaba Viktor Frankl, en el que se abre la posibilidad de elegir de forma consciente. Esa pausa reflexiva permite no solo anticipar consecuencias personales, sino también considerar el impacto de nuestras acciones en los demás y en el mundo que compartimos. Desde esta óptica, el diálogo y la lectura —al ampliar nuestra perspectiva y ofrecernos otras voces y experiencias— se convierten en auténticos ejercicios espirituales que alimentan ese modo de vida lúcido.

No obstante, reducir el modo de vida filosófico a la sola racionalidad sería quedarse en la superficie. Los griegos antiguos hablaban no tanto de “razón” como de lógos, y este término encierra una riqueza de sentidos que conviene rescatar. El lógos es la base del diálogo (diá-lógos), y remite a un hablar y escuchar en el que el yo se descentra para dejar espacio al otro. Es un principio de apertura, de búsqueda compartida, de creación de sentido común donde cada participante queda, en parte, transformado.

El lógos también tenía una dimensión cósmica y ontológica: era la estructura misma del mundo, el principio racional que organiza y da sentido a la realidad. En su forma más elevada, el lógos se conectaba con el noûs, esa inteligencia intuitiva y directa que capta la unidad de todo lo que existe, más allá de las divisiones entre sujeto y objeto, pensamiento y naturaleza. Este tipo de conocimiento no es meramente conceptual, sino vivencial: una forma de conciencia que se sabe parte de un todo, que percibe la vida como algo interconectado y cargado de significado.

Por todo ello, quizás resulte más adecuado hablar del modo de vida filosófico no solo como una vida guiada por la razón, sino como una vida guiada por la conciencia. Una conciencia que se expande progresivamente, que abarca la dimensión temporal de nuestras elecciones, que cultiva el bien común, que comprende los ritmos y ciclos del mundo natural, y que despierta el sentimiento profundo de estar ligados a todo lo que nos rodea.

Esa conciencia no es un estado que se alcanza de una vez, sino un proceso: un camino de atención, de presencia, de transformación. Es en esa senda —serena, lúcida, radicalmente humana— donde se inscribe el espíritu de este blog. Un lugar para pensar, sentir, compartir y vivir filosóficamente.

La conciencia como premisa irrenunciable

Toda forma de vida parte de una premisa fundacional, a menudo tácita, sobre la que se edifica el resto de sus valores, prácticas y aspiraciones. En el caso del modo de vida filosófico, esa premisa básica es clara: que la conciencia importa. Que vivir de forma consciente —cultivando una atención progresiva y profunda a uno mismo, a los demás y al mundo— es no solo posible, sino también deseable. Que una vida guiada por la conciencia corporal, emocional, histórica y cósmica conduce a la libertad, a la plenitud, a una existencia más significativa. Que en esa conciencia radica la posibilidad de que florezca lo mejor del ser humano.

Si esta premisa se derrumba, si la conciencia fuera solo un epifenómeno, una especie de eco sin eficacia causal —una notificación sin poder transformador sobre lo que sucede o sucederá inevitablemente—, entonces la propuesta filosófica como forma de vida perdería su fuerza. Sin conciencia, no hay cuidado de sí. No hay libertad, no hay transformación. Solo automatismos biológicos o sociales.

Por eso es fundamental hacer explícita esta premisa. No solo para aclarar en qué consiste con precisión este modo de vida, sino también para invitar a una reflexión profunda sobre sus límites y su radical necesidad. Desafiar esta premisa, llevarla al extremo, es también una forma de probar su solidez.

Tomemos como ejemplo a Nietzsche, quizás uno de los críticos más incisivos de la conciencia. En sus escritos, llega a afirmar que la obra de un filósofo no nace de su reflexión consciente, sino de su fisiología, de su constitución orgánica. La Ética de Spinoza —dice— no se entiende por su coherencia o la validez de sus argumentos, sino por la debilidad de su cuerpo. Con ello, Nietzsche busca desmontar la noción clásica de que el pensamiento consciente sea la fuente última de nuestras convicciones.

Y sin embargo, su gran aportación a la historia del pensamiento no radica tanto en negar la conciencia, como en llevarla a su punto más lúcido y despiadado. Porque el propio Nietzsche no hace otra cosa que invitarnos a tomar conciencia de lo que nos constituye, de lo que nos determina, de lo que se oculta detrás de nuestras ideas. Y en ese acto de toma de conciencia radical, emerge precisamente la potencia transformadora que negaba.

Este ejemplo ilustra bien el espíritu del modo de vida filosófico: una vida que no se conforma con lo aparente, que interroga sus propios fundamentos, que pone a prueba incluso sus premisas más íntimas… para, una y otra vez, reafirmar su vocación profunda: la de vivir con conciencia, con lucidez, con verdad.

Fuentes que nos inspiran

A lo largo de este blog iremos explorando con calma y profundidad las múltiples raíces que alimentan esta visión de la filosofía como forma de vida. Entre nuestras principales fuentes de inspiración se encuentran los diálogos socráticos de Platón —especialmente los primeros— y los testimonios de Jenofonte sobre Sócrates, así como la Ética a Nicómaco de Aristóteles. Spinoza y su Ética ocuparán un lugar recurrente, junto a figuras clave de la filosofía analítica y del lenguaje como Bertrand Russell o Ludwig Wittgenstein.

Tendremos también muy presente la recuperación contemporánea del sentido existencial de la filosofía clásica que han realizado autores como Pierre Hadot, Martha Nussbaum o Michel Foucault. En el ámbito más práctico del asesoramiento filosófico, nos apoyaremos en la labor pionera de Mónica Cavallé y en la Logic-Based Therapy de Elliot D. Cohen.

Asimismo, exploraremos los valiosos aportes de diferentes corrientes psicoterapéuticas que, en muchos casos, dialogan implícita o explícitamente con la filosofía. Entre ellas destacan la terapia racional-emotiva de Albert Ellis, la terapia cognitivo-conductual, la terapia de aceptación y compromiso (ACT), y la terapia breve estratégica. Todas ellas aportan herramientas relevantes para el cuidado de sí y la transformación de la perspectiva, y permiten tender puentes fructíferos entre filosofía y psicoterapia.

Por último, dedicaremos una atención especial a la tradición taoísta, a través de textos fundamentales como el Tao Te King o el Zhuang Zi, y del estudio y práctica que nos llega por medio de maestros contemporáneos como Mantak Chia, el Dr. Yang Jwing-Ming o Wong Kiew Kit.

Estas son las voces y caminos que nos acompañarán. Te invitamos a explorarlos con nosotros, en este viaje compartido hacia una vida más consciente, más libre y más plena.

Ivan Redondo Orta y Frederic Sala Mauri

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